Los primeros hombres armonizaban con su ambiente y vivían sus vidas según los ritmos de la naturaleza. Posteriormente el hombre incorporó el reloj a su vida y se volvió su esclavo.

A la humanidad ya no le alcanza las 24 horas del día porque el arte de vivir la vida moderna requiere más tiempo.Recién en el siglo IX el monje benedictino Gerberto,
que posteriormente sería el Papa Silvestre II, creó relojes con pesas y cuerdas, y tuvieron que pasar cuatrocientos años más para que los relojes se expandieran y comenzaran a invadir los espacios públicos.

El tiempo es subjetivo y aunque las horas, los minutos y los segundos sean iguales a los de antes, actualmente parecen pasar más rápido.
El dios griego del tiempo era Cronos, Saturno para la mitología romana, que devoraba a sus hijos para evitar que le arrebataran el poder.
 Es como nos sentimos ahora, con nuestras vidas devoradas por el tiempo que ocupamos en infinidad de obligaciones que nos dejan sin fuerzas y nos impide hallar la paz interior y por ende la felicidad.
Mientras el hombre y la naturaleza vivían en armonía, los ciclos naturales eran aceptados, así como las etapas de la vida; y el transcurso del tiempo era considerado parte de la realidad natural, mientras el verdadero ser era reconocido como eterno.
El tiempo no era una flecha en línea recta sino que se consideraba circular. Para Platón el tiempo era una imagen en movimiento de lo eterno; y para Kant el tiempo era sólo una categoría del pensamiento.
En estos tiempos se valoriza la productividad de manera que todo aquello que no produce un resultado puede ser considerado una pérdida de tiempo.
El acento puesto en la productividad puede llevar a desvalorizar otras formas de utilizar el tiempo, como la posibilidad de relacionarnos con los otros, de expresarnos mutuamente afecto, de observar las maravillas de la naturaleza, de jugar con un niño o de escuchar música.
La mayoría quiere vivir más tiempo, prolongar su vida cada vez más, pero no se preguntan para qué.
Jacobo Needleman en su ensayo “El tiempo y el alma” considera al tiempo como un interrogante que no se puede contestar con palabras porque es algo que hay que sentir y que se relaciona con la forma en que vivimos nuestras vidas. Porque cómo gastamos nuestro tiempo dice mucho de nosotros mismos.
Alan Watts, que trata de encontrar los puntos en común entre el pensamiento occidental y oriental propone utilizar las experiencias materiales como medios para la trascendencia, no como fines.
Las cosas materiales se han convertido en fines en si mismas y han perdido su valor trascendente, y naturalmente, nada dura y todo cambia, dejando al hombre sin futuro y sin esperanza.
La mayoría vive preparándose para después, dilata decisiones pospone experiencias y atiende sólo las urgencias y cree que vive, pero no vive sólo cumple exigencias.
Una vez que se ha caído en ese condicionamiento del hacer sin parar, cuando se produce un minuto libre para ser o simplemente estar, esta situación de inacción y de dejarse estar, produce pánico y asfixia, y ese tiempo de ocio pierde su verdadero sentido y se produce la contradicción de un ocio que también es negocio con un fin productivo.
Estamos locos de falta de tiempo pero cuando lo tenemos nos agobia y para no angustiarnos tenemos que ocuparlo con algo.
Para dejar de ser esclavos del tiempo, los especialistas recomiendan tomarse unos minutos por día para no hacer absolutamente nada o bien para respirar de una manera consciente, escuchar música, pasear sin rumbo fijo; tratando de abandonar la agenda y dejándose llevar por los acontecimientos.
Fuente: La Nación Revista, “En busca del tiempo perdido”, Sergio Sinay, 2009
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